No tengo la facilidad de hacer amigos, eso lo sé. Tampoco espero la oportunidad para hacerme famoso a través de lo que no tengo. Es subsistencia lo que me mantiene, es el drama, sin caer en el fanatismo. Lo que en realidad quisiera no lo tengo porque resulta que mi peor enemigo no me lo permite, ese personaje antagonista que comparte carne y que vive en mí. Es aquel que no me ha permitido entregarme de manera total a los finos encantos del amor, estúpida parte de mi sistema inmune que rechaza automáticamente todo aquello que hace daño.
Tampoco tengo facilidad de palabra, por lo que recurro siempre a sagradas respuestas como un “no sé”. Se me complica expresar algo que no llegue a sonar absurdo o ridículo a la vista de lo natural. Ni siquiera tengo un concepto de natural, me mantiene ocupado la repetición y el tiempo para desenredar los malos entendidos de este sistema. Lo que sí, es que tengo un concepto muy vago de lo que no es natural, como los bailes de mis dedos, mis rodillas temblando, mi huesito perdido y pedazos de uñas que sirven para amenizar la espera.
Tengo siete momentos para pensar en el día, para recapitular sobre lo que me sucede, y resulta en que el quinto lo destino a escribir lo que más recuerdo; puedo predecir de mí que el sexto lo ocupare para envolverme entre sabanas y poner atención a lo que entra por mis oídos y traducir esas notas en momentos de transición de un estado a otro. Y el último momento ya no me compete a mí, ni a ti, se lo dejo más bien a los escenarios de sueño que me ponen como actor y espectador de las más inexplicables fantasías que solo aquí, pueden trascender.
De entre tantas, me llama la atención una duda, esa de saber que si te pido que estés juntito a mí por más de un día y una noche, y te llegara a aburrir alguna de mis propuestas, tendrías la decencia de tomar las riendas de este viaje, porque quizás yo a esas alturas quede incapacitado para responder a causa de una sobredosis por espasmos y orgasmos labrados por nuestros deseos. Entonces le explicarás a las estrellas, porque aun en la terquedad del día siguiente, seguimos alucinando lunas doradas, pasto negro y nubes con olor a piel, explicar cómo fue que acercamos tanto al cielo de la tierra, que por un momento se conectaron y dibujaron esa línea que por segundos fue producto de Dios. Dile tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario